Below is a different, more psychological explanation of what is happening in the conflict between the vulture funds and a US judge on the one hand, and the Argentinean government on the other. I agree that psychology is an important aspect of what is usually seen as 'hard' or tough economic and political thinking and acting. However, the case of Argentina's conflict with its enemies in the United States and elsewhere including Europe reminds me of what Orlando Letelier once told me. While Letelier, being Chile's ambassador in the US during most of the time of the Allende government (1970-73), agreed with the principle of excess profit being deducted from payment to US copper corporations being nationalised in Chile in 1970, he said he had recommended the Allende government to
not apply this principle as it would give a 'legal' argument to the US government and other capitalists worldwide to oppose and isolate the Chilean government.
Orlando was right. With the help of law, the US copper companies contributed to giving a bad name to Chile in business and political circles. It looks as if the vulture funds are causing the same in the case of Argentina: hurting investor confidence and blocking international payments.
The fight between the Argentinean government and US and other capitalists is, in part, a fight between a sovereign government that does not abide to the capitalist law enforced by a US judge and those (the US and others) who want to make sure that no other government will follow the example of Argentina.
That lesson was echoed almost immediately by the new pro western government of Ukraine who declared a couple of days ago that it would always pay its debts and never follow the example of Argentina.
Here is the article I referred to in the first line of this post, which was published on
3 August 2014 by
Perfil.com:
Pocas veces se
puede tener un ejemplo mejor de paradigmas en pugna: el
argentino/napolitano versus el sajón/calvinista. A pesar de su apellido
latino, el juez Griesa representó al de la estricta cultura calvinista
que cree que “no hay cura sin dolor” (traducción interpretada de “no
pain, no gain”). Y de la misma forma que Margaret Thatcher justificaba
la Guerra de Malvinas diciendo que era una lección a los dictadores
latinoamericanos, porque gracias a su intervención Argentina podía
recuperar la democracia, los fondos buitre se mienten a sí mismos y a
los demás diciendo que atacan la corrupción de los regímenes populistas
latinoamericanos al demostrarles que “las reglas (en su caso más que las
leyes, los contratos) son para cumplir” y hacen show persiguiendo las
cuentas de las empresas de Lázaro Báez en Estados Unidos. El ala
derechista del Partido Republicano en Estados Unidos, que tiene en el
Tea Party su expresión más inflexible, se siente reconfortada con que
Argentina sufra una condena severa por ser “un deudor recalcitrante” al
que hacérselas pagar.
También en la Argentina se “malviniza” el juicio y el kirchnerismo
descubrió que ese juez encorvado y bastante retrógrado, sumado al rostro
desagradable y peores antecedentes del dueño del fondo Elliott, Paul
Singer, le devolvían un enemigo que aglutinaba a la mayoría de los
argentinos en su contra y permitía al Gobierno volver a crecer en
aprobación, incluso hasta entre quienes aborrecen a Boudou. Lo que
esperaba que hiciera el Mundial y no hizo, haciendo olvidar a los
argentinos de la corrupción, lo logró el juez Griesa, con un fallo que
resulta tan costoso cumplirlo como no hacerlo, y en ese dilema evidencia
su error.
La comparación de Cristina Kirchner sobre los misiles que bombardean
Gaza con los misiles financieros que recibe Argentina desde Wall Street
ilustra la idea de guerra virtual que representa este conflicto en el
que, como cuando la selección de fútbol enfrenta a Inglaterra, todo es
metáfora del Sur contra el Norte.
La paradoja es que en esta guerra todos pierden, a la vez que todos
creen que ganan. Porque mientras la derecha norteamericana piensa que
afecta al kirchnerismo con esta lección, el Gobierno sale en el corto
plazo políticamente favorecido. Y mientras el kirchnerismo gana
aprobación en las encuestas, la Argentina pierde entre dos y tres puntos
del PBI en los próximos doce meses.
Tres puntos del PBI cuestan diez veces más que pagar los 1.600
millones de dólares del fallo judicial. Movidos por esa lógica es que
los mercados siempre imaginaron y apostaron a un arreglo. Pero el error
de pronóstico surgió de creer que era sólo dinero lo que estaba en
disputa. El ego, tanto el personal como el ideológico, estuvo presente
en las decisiones del juez y del gobierno argentino. El choque cultural
entre ambos –aunque pacífico– no tuvo nada que envidiarle al que Samuel
Huntington desarrollaba en su teoría sobre el choque entre
civilizaciones durante los años en que Bin Laden cosechaba seguidores
entre quienes odiaban a Estados Unidos. Si el conflicto con los fondos
buitre se hubiera desarrollado en la década del 70, no habría sido tan
poco probable que un comando de Montoneros o del ERP hubiera asesinado a
Paul Singer en Manhattan después de haber embargado la fragata
Libertad. Gracias a Dios, vivimos en otra época, donde esas batallas
quedan circunscriptas al terreno discursivo, por lo menos en nuestro
país, pero las emociones tienen el mismo componente.
La forma como se estructuró la negociación sobre el cumplimiento de
la sentencia parecía hecha a propósito para satisfacer el deseo conjunto
de que no sea cumplida. Sólo los bancos que tienen muchos papeles de la
deuda argentina promovían que se llegara a un acuerdo. Y como los
pensamientos son hijos de los deseos, los pronósticos de los mercados
siempre apostaron a que se alcanzaría un acuerdo, porque también era lo
que más les convenía.
Un gran perdedor de estos dos meses fue la lógica económica. Quedó
demostrado cuánto hay de irracional en el funcionamiento de los mercados
y en la Justicia de la principal plaza financiera del mundo. Bancos
expertos en especulación como el JP Morgan, sabiendo que la espada de
Damocles del fallo de Griesa estaba a pocos meses de caer, casi se
quedan doblemente perjudicados por sumar bonos de deuda argentina más
parte de los bonos que Repsol recibió por el 51% de YPF, más seguros
antidefault (CDS). Es la misma actitud de tapar el sol con la mano la
que lleva a Kicillof a decir “no hay default” y la que llevó a los
bancos a pronosticar en contra del default.
Timba, ingenuidad, voluntarismo, todo entre quienes se supone que son
los más fríos y racionales tomadores de decisión. Otra demostración de
emocionalidad atávica la evidenció el presidente de la UIA, Héctor
Méndez, al responsabilizar de lo que sucedía a “una mujer y un joven”,
por la Presidenta y el ministro de Economía, como si la condición
femenina y la juventud (tampoco tanta en Kicillof) inhabilitaran el buen
raciocinio. Méndez debió sentirse identificado etariamente con el juez
Griesa, pero su problema no es haber envejecido mal, porque hace años
que dice barbaridades.
Otro tipo de solidaridad generacional debe haber sentido Brito con
Fábrega (difícil la vida del presidente de Banco Central) al proponer
una negociación de compra del juicio a los buitres asumiendo que el
Gobierno la aceptaría.
En síntesis –y parafraseando el título de tapa de ayer de PERFIL–, un default esquizofrénico, más que selectivo.